Tuesday, January 30, 2018

SÓLO ES REAL LA SED…



*Obra de Arturo Domínguez. ojoarturo@yahoo.com.ar













Doña Efigenia*




*De Nechi Dorado. nechi.dorado@gmail.com



Todos los días cuando el calor más apretaba y el sol parecía convertir en estacas de fuego cada rayo; o cuando el frío ponía rojas las narices y la base de las orejas, la mujer pasaba por el filo de la calle angosta bordeando la orilla del riachuelo sin contaminación en ese tiempo de vendedores de a caballo y pilas de valores ahora desvalorizados.
Éramos muy pequeñas mi amiguita y yo y esperábamos su aparición con nuestros corazoncitos al galope estrenando los primeros temores ante lo diferente. A lo que se alejaba de los parámetros de normalidad impuestos socialmente. El motivo de nuestra espera decían que se llamaba doña Efigenia y el nombre en sí mismo nos sonaba a algo extraño, como si no fuera propio de esta tierra. Creo que los adultos tampoco sabían mucho de esa persona que hoy, con varias décadas más sobre mis hombros, aparece como una visión muy fuerte, casi como si fuera un personaje atemporal.
Si tuviera que hacer un retrato de esa mujer de andar exhausto diría de ella que parecía penitente de auroras enlodadas, como si pasara sus horas entre nubes oscuras de veneno derramado en su linfa. La imagino como arrojada a un vacío repleto de guijarros.
Diría sin temor a equivocarme que doña Efigenia pateaba desencuentros de arcángeles dormidos, asemejándose a un bodoque; a estrella deformada; a un árbol sin tutores; a una aguja sin ojo incapaz de enhebrar el hilo de la vida.
Su mirada esquiva parecía ser el resultado del salto imperceptible de un resorte; sin escuchar el tono de su voz lo imaginábamos áspero; elucubraciones propias del desconocimiento, del exceso de fantasía que nos hacía imaginarla como un ser de otra era entre los rumores de un barrio chato, aburrido, donde resultaba más divertido presuponer que callar.
En una oportunidad, mientras esperábamos ansiosas su paso, las vecinas la mencionaban haciendo una especie de vaticinio histórico de la vieja, de su pasado, de su destino vetusto:
-Ella tuvo una infancia desgraciada, decía doña Blanca, la mamá de Sofía, era hija de padre bebedor que golpeaba hasta a su propia madre en cada exceso etílico. La cargó de hijos, no se cuántos, pero eran muchos.
-Si, eso me dijeron, asentía doña Clorinda agregando detalles quién sabe si con fundamento; además, continuó, estaba para casarse y el novio la plantó en la iglesia, la pobre enloqueció.
Mi amiga y yo íbamos recopilando datos que por supuesto la imaginación se encargaba de inflar como masa con levadura.
-Además tuvo otros amores, comentó doña Anita con la seguridad de un abogado carancho que pretende imponer su tesis falsa, agregando unas gotas más a una especie de alquimia barrial que pretendía dibujar un perfil al que nadie nunca tuvo acceso.
-Dicen que perdió un hijo, agregó doña Luisa persignándose, a lo que doña María sumó su “Dios lo tenga en la gloria, pobrecito, dicen que era deforme”.
Doña Efigenia siguió pasando muchos años con su marcha de madreselva herida; mientras nosotras nos deteníamos en su mirada de ángel en exilio, dentro de las posibilidades que brindaba al dar los buenos días tímidos, sin voz audible, con un simple movimiento de su cabeza siempre cubierta por un pañuelo de colores devorados por el sol y las lloviznas.
Lo que hoy pienso cada vez que la recuerdo es que cargaba un estigma que no tuvo ni quiso y aun así, de ser cierto lo que se decía de ella, fue capaz de carcomer el odio irracional de la ira. Jamás tuvo un gesto irrespetuoso pese a tanto desprecio que sin dudas podría percibir en el entorno.
A pesar de su parquedad doña Efigenia fue capaz de desplegar alguna sonrisa efímera que no tenía sentido, empalideciendo al sol, encandilándolo  con ganas locas de perseguir su día.
Hoy sigo recordando a esa mujer opaca, imaginando que mientras sueña su sueño -tal vez y por los años pasados, ya podría ser eterno, no sé-, habrá de andar susurrando alguna frase encendida, inconexa, como quién murmurara en un oído tibio una canción de amor para dormir al niño que decían.
Siento que tal vez depositó su aliento, dio su vida, por esa mariposa que hizo nido en su ombligo y quisiera decirte que si alguna vez, por esas cosas extrañas de la pervivencia se cruzara por tu camino, ya vencida, observes dulcemente como carga tormentos.  La mujer era un canto de amor en esta vida, aunque fuera lacónica, hirsuta, desteñida.








SÓLO ES REAL LA SED…









*



La piedra tenía agua adentro.

¿Qué le diré a mi hija
cuando pregunte dónde ha caído?

¿Qué haré con las manos
que resistieron el trenzado de crines
pero se doblaron al tirar la piedra?

Estoy en medio de todos.

Que no me equivoque ahora.

Estoy mirando hacia arriba.

No escucho el agua.

Quien la recoja sabrá de lo que hablo.
Quien la recoja hablará por mí.

El día que lancé la piedra
le puse un grito y un llamado.




*De Valeria Pariso.



-Valeria Pariso nació en 1970 en la provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado,
"Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares.
-Tiene inéditos los libros "Uva negra" y "Mascarón de proa".
Varios de sus poemas fueron traducidos al portugués y al italiano.

En el año 2014 crea, en Bella Vista, un ciclo de poesía destinado a la lectura de poesía contemporánea entre vecinos que continúa coordinando en la actualidad, incluyendo fotografía a cargo de Karina Giglio y música a cargo de César Jorge.

Coordina talleres de poesía.

Sus blogs:














Espejismos*



Las ciudades, las sierras,
los aviones, los patos,
los parques y ambulancias,
las luces, los teléfonos,
los gatos, los tranvías,
las alocadas multitudes,
las carreteras grises,
las farolas y esquinas,
tus manos, los bolígrafos,
el vuelo de los pájaros
y el mar, el mar, el mar...

Todo desaparece tras la siguiente duna.

Sólo es real la sed.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com













*



La tristeza
siempre es en pasado.
Es la bestia
que nos mordió una vez,
cuando fuimos inocentes.
Lo que duele es la cicatriz,
el rastro de la herida
quemando hasta el hueso,
hasta la certeza virgen de la felicidad.

Entonces,
¿quién puede pronunciar
los nombres del dolor?

¿Quién recuerda
esa fragilidad de rama
quebrándose en el aire?



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

















RITO DE PASO *



*De Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com






I


Miro la carretera. Desde hace varios minutos no pasan autos. Algunos matorrales espinosos en las orillas. Bajo las botas, el asfalto, un caldero. Después de caminar un rato el mundo se vuelve amarillo y el cuerpo, como vela, se consume. No sé cuánto tiempo llevo caminando. En mi cabeza sólo hay fragmentos: la sombra de un árbol, la tormenta de luz que evade las cortinas, los zapatos a un lado de la cama. El alboroto del polvo alrededor de la casa. La hojarasca. Siento el peso de mis manos. En la mañana las miré, pálidas y flacas. Las llevé a la luz. Ahora cuelgan a los lados, como ramas secas. Ayer soñé que caminaba en la carretera. Soñé que sus orillas estaban sembradas con perros muertos. Todos amarillos, como flores. Miraba con interés los carcomidos huesos. Moscas buscaban guaridas en ellos; las habilidosas hacían fiesta con sus aleteos. La imagen de los esqueletos me despertó. Medio ahogado por el sudor me levanté de la cama. La madrugada aún pesaba en el cuarto. Pensé que, en medio del llano, la soledad me estaba cambiando. Como suave veneno. Como un secreto guardado largo tiempo. Apenas  amaneciera iría al pueblo.
Camino en la incandescencia. A la distancia los árboles. Cuervos lustrosos de sol, en sus ramas. Extiendo el brazo y mantengo el pulgar arriba. El gesto es sólo un consuelo porque no pasan autos. Como en el sueño el camino es desierto y nada hace ruido, ni los cuervos, ni las piedritas que el viento empuja por el llano. En la carretera sólo fantasmas. Mi figura empecinada, hundida en el resplandor, única habitante, entonces.







II


Una camioneta se detiene. Un hombre gordo se asoma por la ventanilla. Sus ojos son como los de los peces, cansados de mirar las mismas cosas. Las horas muertas, quizá. El lento latido del tiempo.
—¿A dónde va?
—Al pueblo
El hombre sonríe. El sol le baña los ojos. Por un instante me pierde de vista. Mueve torpe la cabeza, ciego de sol. Busca entre incandescencias mi rostro. Al fin, cuando me encuentra, me dice:
—Entre, parece que está penando.
Subo a la cabina. En la nariz un olor a quemado. Espero humo entre nosotros, densos nubarrones. Sin embargo nada ocurre. Al hombre le brilla, como pavesa, la calva. Densas gotas de sudor le brotan en ella. Se le derraman en las cejas. Entreabre la boca. Imagino la desolación de los dientes, los afilados colmillos.
—Puros fantasmas en el pueblo ¿no? —me dice
—Me levanté con ganas de ir —le confío.
—Nadie quiere ir.
—A lo mejor hay mujeres, algunos perros.
El hombre suspira.
—Allá usted, sólo tengo que informarle una cosa.
—Dígame.
—Antes del pueblo, voy a una casa, ¿le importa?






III


El hombre se aplaca con una mano los bigotes, mira sus uñas mientras maneja; también el infinito, allá, en el borde de la carretera, desmoronándose entre los matorrales. La camioneta rechina. Vibra el volante, la palanca de velocidades, el cuarteado espejo. En la cabina baila el polvo. Un rosario golpea, como obsesiva mosca, una y otra vez, los cristales. Nuestros ojos esperan nubes. Las nubes, desde hace tiempo, malabares de la mente, trucos de magia para inocentes. El hombre me dice:
—Ya mero llegamos, no desespere.
—No se preocupe, no tengo prisa.
Intento añadir algo pero las palabras se me atoran en la boca. A veces las voces empeoran las cosas. A veces sólo puedo mirar. Y el aire tibio llega a mi rostro y su mano comedida me seca los labios. La mirada del hombre abandona el camino. Pone los ojos a volar. Los lleva, leves, a sus ensoñaciones. En su rostro, de repente, una sonrisa
—¿Qué opina? —me dice el hombre sin mirarme.
—¿De qué?
—Del pueblo.
—No sé, hace mucho tiempo que no voy
—Por eso —insiste— ¿cómo lo imagina?
Las palabras del hombre me molestan. Son como dardos en vuelo. Como aguijones. Miro el breve espacio entre mis manos. También elevo los ojos pero no para recordar, sino para evitar al hombre, sus gestos. Para borrarlos después de mi memoria.
—Recuerdo una tienda de ropa, un viejo que empujaba un carrito de nieves, nada más —digo por decir.
—Muy bien… algo es algo —dice
—¿Es importante?
—Uno nunca sabe.
La aguja del velocímetro vibra. El hombre acelera. El sonido del motor nos llena los oídos. Ráfagas de aire entran por las ventanas y nos brindan consuelo. El cuello de la camisa blanca le vuela. Varios papeles, víctimas del soplido, aletean en la cabina. Por el espejo lateral, el paisaje se distorsiona. Afuera la herrumbre. El papelerío cunde en la cabina, aves espantadas tenemos. Pero el hombre no le da importancia. Negado al mundo, como embelesado, con un gozo vivo en el cuerpo. Y un silbido que tiembla en sus labios, coronando su silencio.
—Uno nunca sabe —repite y mira el horizonte de la carretera.







IV


El hombre apaga el motor. Frente a nosotros una casa de dos pisos. Alrededor de ella no hay nada. La casa parece, en su abandono, la primera del mundo. Alrededor de ella el polvo primigenio. Lo miro en las ventanas, en el quicio de la puerta. En el patio cercano a la entrada una jaula, en el interior de ella un par de alegres canarios. Los animalillos se columpian, picotean codiciosos el alpiste. El hombre baja con dificultad de la camioneta. Camina como las bestias morosas, impregnadas de sueño. Se acerca a la puerta. Voltea a la camioneta.
—No se quede ahí, encerrado, entre al fresco— me dice.
Bajo de la camioneta. Me acerco a la jaula. Los codiciosos dan pequeños saltos. Tocados por el sol más amarillos, de oro, parecen. En el patio algunas plantas insoladas y de nuevo el polvo, ahora en montoncitos, en el parabrisas.
El hombre saca una llave. Entramos en la casa. Una amplia estancia, ventanas redondas como claraboyas, paredes desnudas y encaladas. Velas en una mesa. Servilletas dobladas, como barquitos navegando en la desolación. También en la mesa hay monedas, fotografías sepia, las dispersas entrañas de un reloj. Las moscas medran en el piso, en el ventilador del techo, en el resplandor de un abandonado frutero. Al fondo, en una esquina, dos sillones de terciopelo rojo. En los sillones, dos ancianas dominan la estancia, como parsimoniosos vigías. Una es espejo de otra. También, como en los espejos, las cosas alrededor más vivas parecen y se disponen iguales. Sus rostros navegan entre luces y penumbra; parpadean casi al mismo tiempo.
—Tardaste en llegar —le dicen ásperas, a una sola voz, al hombre.
El hombre esboza un gesto de disculpa. Mira las puntas de sus zapatos. Me señala con un dedo culposo.
—Lo encontré en la orilla de la carretera —dice.
Las ancianas aguzan la vista, me examinan con el veneno de sus ojos, en silencio. Sus ojos se encaraman en mis piernas, en los muslos y en los brazos.
—Pase, no se quede ahí, como niño regañado —me dice al fin una de ellas.
Las ventanas no tienen cortinas y un manto de sol colma una parte de la estancia. Busco, por instinto, una sombra. Quiero apagar el sol en mi piel, sacar la candente estación del cuerpo. Ellas lo notan. Con las largas manos se abanican los rostros. Las imagino viejos pájaros, batiendo las alas. Pero deshago la imagen y más concentrado las recorro: las dos tienen vestidos pardos, terciopelo en las mangas, puños de encaje. Cuchichean. Pero sus voces agrias, de malignas hadas, se elevan. Hablan de mi origen, de la tarde que no avanza, de las cosas que la soledad moldea. La única diferencia entre ellas son las canas: el cabello de una completamente empolvado, el de la otra apenas las raíces.
—¿Y a usted quién le procura sombra? —pregunta, al fin, la empolvada, después de la conferencia. Inclina el rostro, abre un poco la boca, ávida de humedad, de aire.
—A veces los árboles —digo por decir.
—Los árboles —murmura la de cabellos negros y sus labios parecen remover las palabras. Las palabras de ella, maderos ardiendo, elevando inútiles chispas en el aire. Acuna en el regazo el peso muerto de sus manos.
El hombre se rasca la barriga. Las faldas de la camisa le vuelan, impulsadas por el viento. El viento espanta a las moscas. De repente ya no hay más zumbidos, sólo las sosegadas respiraciones de las ancianas. Alrededor de la casa también el silencio, a veces roto por el soliloquio de los canarios. La empolvada me mira. La otra tiene aún muertas las manos pero, a diferencia de antes, puedo ver sobre ellas una constelación de venas, de abultados ríos.
—Qué descorteses somos. Enseguida le traigo una cerveza —dice la empolvada
—Estoy bien, no se preocupe —le digo, pero ella se levanta y enfila a un cuarto, al fondo de la estancia. Miro sus pasos. Tan lentos son que alrededor de ellos innumerables eventos suceden: un bostezo, un instante de luz, la inútil muerte de una mosca. Bajo el andar se adivinan las puntiagudas, tristes caderas. Los magros pechos. La otra mira a su compañera desaparecer en un cuarto. Mientras regresa nos guardamos las palabras. Miramos, al mismo tiempo, el ventilador del techo. Las aspas giran cada vez más lento. Densas aguas baten, en lugar de aire. El hombre está fastidiado. Se espulga, como mico, los pocos pelos de la cabeza. Baja la vista. Se toca los bigotes. Afuera, una nube se estanca en el cielo. Nuestros cuerpos aprovechan la nube y beben más sombra. Del cuarto se escucha una lata que cae. Después forcejeos, aleluyas, algunas maldiciones.
—Espero no haber tardado mucho —dice la empolvada después de un rato. En una charola lleva una botella alargada y ámbar. También un tarro. Me siento en una silla, ella arrima una mesa plegable.
Miro la cerveza oscura. Me asomo a un pozo. Empino el tarro. A través del cristal se vuelve de agua el mundo. También las ancianas. Mientras bebo del tarro, a través del reflejo, juguetonas niñas me parecen. El ventilador completa una última vuelta y se detiene. El aire se adensa en la estancia. Como licor dejado en libertad. Y pesan más los párpados y los ojos.
—Qué contrariedad —murmura la de cabellos negros
—A veces falla la electricidad—completa la empolvada
—Pero la luz, a esta hora, no hace falta. Sólo envilece las cosas —retoma la primera.
—En realidad, si tienes buenos ojos, no sirve para nada —concluye la otra.
La cerveza pulsa en mi garganta. La casa parece entumida en su silencio. Dejo el tarro en la mesa plegable. Pero entrampado en sus reflejos busco brillos en todas partes: en los restos del reloj, en la armadura verde de las moscas. También busco en la empolvada y me doy cuenta, desde que entré a la casa, que sus labios, de alguna forma, son hermosos.
Pienso en las ancianas, olvidadas del mundo, alejadas de Dios.  Aunque a veces Dios se acuerda de ellas y enciende sus locas palabras. No puedo seguir aquí. Necesito irme porque se hace tarde y el pueblo y el sueño que tuve y su perorata que me encandila. Pero ellas retoman su intercambio:
—Las nubes anuncian la muerte.
—A la muerte hay que sacarle la vuelta. Por eso tenemos limpio el cielo.
—Aunque también funcionan los canarios.
—Pero la muerte siempre acomete, siempre vigila.
—O se va volando.
—Yo voy al pueblo —interrumpo.
—No desespere, hay tiempo para todo, hasta para el pueblo — dice la empolvada. Las arrugas merman sus ojos, le cansan los párpados. Los aretes de perlas tienen un leve movimiento, como el ámbito de la boca, de la lengua que involuntariamente le imagino.
—¿Qué sabe del pueblo? —me pregunta.
—El pueblo está allá, al final de la carretera— le digo y señalo, sin pensar, las ventanas.
La de cabellos negros se levanta de la silla.
—Déjeme mirarlo más de cerca —dice.
Percibo sus pasos. Su perfume me remite al olor de las cartas guardadas, el de una alacena que de pronto se abre. En la aproximación brilla una melladita en su pecho. La torturada imagen de un santo. El santo de los extraviados, de los difuntos, de los locos, pienso.
La anciana me toca la cara, recorre con sus dedos mis rasgos, los dibuja de nuevo con lentitud: la nariz, los labios, los pómulos. Sus dedos tiemblan y abandonan. La curiosa lleva los dedos a su rostro. Y sus labios parecen más jóvenes y toda ella, por un instante, reverdece.
—Es más joven que los otros —le dice a la otra.
—Hubo un año en que fueron puros viejos, apenas podían andar, allá, en el llano — recuerda la empolvada.
—¿Cuáles viejos? —pregunto. El miedo ensaya en mi cabeza su locura. Y el golpe de sangre en los nervios. Todo eso me delata. La empolvada lo comprende y hace más dulce la voz, para apaciguarme, para apagar mi fuego.
—Los otros, los locos, no usted —dice, la apacible.
— ¿Cuáles otros? —insisto.
—No le haga caso —dice la otra— desvaría.
—El desvarío es necesario a veces —corrige, la ofendida.
Las imagino asomadas en la ventana, mirando a una parvada de viejos romper lentamente en la noche, en la carretera. Las imagino solazadas con sus visiones. Sus risas secretas. Hechas de polvo, de cortinas viejas, ellas, las ruinosas, entre baúles infestados de recuerdos, como los viejos que renquean, que posan sus miradas, como palomas, en el horizonte.
La de cabellos negros, con un carraspeo, termina mis imaginaciones. De repente, alumbrada por una sentencia, una raíz escondida, me dice:
— ¡Pero hombre!, el pueblo no existe.
— ¿Y qué hay, entonces?
— No hay nada, mire.
Nos acercamos a una ventana. Echamos un vistazo. Allá, lejos, las jorobas de unos cerros. Los cerros y la tarde que se derrama entre ellos, en los apretujados rebaños. El polvo asentado por la mano quieta del viento. Los interminables postes de luz. A la derecha, el trazo inmóvil de la carretera. En el patio sólo los luminosos canarios, su alboroto.
La de cabellos negros me toca el hombro. Siento en el cuerpo sus dedos nevados. El alma de ella, la de todos, humo elevándose en la tarde. Sus ojos, tenaces, me miran por dentro.
—No hay nada —me repite, con voz queda, susurrante, en el oído.
Doy un paso para alejarme. Pero su voz sigue ahí, dejando ecos, como atrapada en un laberinto, bajo una superficie de agua.
—Bueno, tengo que irme —les digo.
—Espere, yo lo llevo — dice el hombre.
Por un instante dudo en aceptar. Pero el gesto ensombrecido del hombre, las manos que hunden su nerviosismo en los bolsillos de los pantalones, me hablan de una posible traición, el toque final de una elaborada trampa.
—No se preocupe, es sólo un trecho más—miento.
—Si no hay más remedio— replica el hombre con sorna.
—Lo acompañamos a la puerta —dicen los tres, a una sola voz, como niños cantores.
Camino hacia la entrada. Los celosos guardias me siguen. Adivino sus pasos y sus miradas oscuras; también vigías, sus respiraciones. De pronto creo escuchar una risa fugaz, un relámpago. Volteo pero los tres están muy serios, los rostros como frutas amargas, oscilantes en la sombra.
Les doy las gracias y me despido. Los miro alinearse muy correctos, en el quicio de la puerta, como figuras de juguete.
Comienzo a caminar.
La carretera se interna hacia el norte, infinita. A lo lejos, como un minúsculo milagro, el limo del horizonte. A mis espaldas la empolvada conversa a chiflidos con los canarios. La otra, ensimismada, los ojos vacíos en el cielo, como los aburridos de las despedidas, en los muelles. Del hombre, después de un trecho, sólo le vislumbro las abultadas carnes.







V


Camino por la carretera. El asfalto ya no arde. El sol hundido, lentamente, en el horizonte.  Mientras cae dispersa su última lumbre. Después de un rato pierdo la noción del tiempo. Los minutos se desgranan; los segundos. A veces suenan los insectos. A veces, esculpidos en el silencio, se presienten. Busco una señal del pueblo, algún anuncio. En poco tiempo oscurecerá. Pronto la luna, su redonda cabeza, sus locas bocanadas. Entonces la carretera apagará su fuego y ya no habrá hervor en las piedras, ni en el aire. Miro a la izquierda, junto a un poste, un perro muerto, medio devorado por el tiempo; amarillo, como en el sueño. Sigo caminado. A lo lejos se vislumbra una construcción. Tengo esperanza. Tal vez sea el primer indicio del pueblo. Como la luna, en mi cuerpo, las locas bocanadas. En mi corazón también. Camino más rápido. Casi corro. El alboroto en los nervios. Como si renovados bríos estuvieran en ellos. Me detengo. Llevo las manos al cielo. Frente a mí, a corta distancia, una casa desolada. En el patio, adormecidos, los canarios. Una luz se prende.





*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.














Tiempo fugitivo*



Todo va quedando atrás.
La casa que mis ojos ya no vislumbran.
La calle que se perdió en un atardecer.
El suburbio que se extravío en el tiempo.

También la tormenta aquella,
en las formas de las nubes que aún recuerdo,
que cambió el sentido de mis pensamientos,
dando horizontes nuevos a mis catorce años.

El silencio de aquel amigo.
El egoísmo vacío que lo alejo de mis versos.
Esa sorpresa peregrina de un abrazo sincero,
por las calles húmedas y frías del Barrio Sur.

La vieja ciudad aquella.
Sobre las barrancas y con su enorme parque.
Las glorietas florecidas y las fuentes griegas
los hermosos senderos perdidos en el verde.

La piel de una mujer.
Que la llama de mi primer incendio sustentó
y que como todas las hogueras de mi mundo
poco a poco se fue diluyendo en mis poemas.

Y los surcos desprolijos que horadan la piel.
Y los verbos terribles de los amores sin sentido.
Y las caricias que cambian de color por las mañanas.
Y la agonía de los domingos impares por la tarde.

Muchas cosas irán quedando atrás.
Y toda casa siempre tiene puertas que se cierran,
voy desandando una calle céntrica para no verlas.
dando cuerda a un reloj que escapa de mis manos.



*De Jorge Lacuadrajorgelacuadra@hotmail.com
- 2016 -



















BEDUINOS*



El desierto se presentaba delante de ellos como un mar de arenas sin fin y a pesar de ir dejando atrás una duna tras otra, la aparición de otras de igual apariencia les hacía tener la sensación de que no avanzaban en su huida.
No se arrepentían de su decisión y el amor que les había lanzado a marcharse de sus respectivas tribus les daba fuerzas para seguir. Su amor estaba por encima de las rencillas, los odios y las continuas peleas que durante décadas habían enfrentado las dos familias.
Sólo la casualidad hizo que se conocieran y gracias es ella se había fraguado aquel amor que les llevó a resolución de huir y formar su propia familia lejos del pasado.
Al cabo de muchas jornadas llegaron a un oasis pequeño y escondido detrás de unas formaciones rocosas de escasa altura, pero que mantenían el lugar lejos de las miradas de circunstanciales trashumantes por lo que decidieron establecerse allí.
Con el curso de los años, tuvieron dos hijos, consiguieron cultivar la tierra y tener algunos animales pudiendo con todo ello vivir una vida tranquila, feliz y en paz.
Una mañana despertaron sorprendidos al ver que el oasis había desaparecido, sus dos hijos no estaban y el huerto y los animales se habían esfumado. Sentados sobre la arena caliente con los primeros rayos del sol de la mañana, se miraron a los ojos y comprendieron, con desesperación, que habían vivido todos aquellos años en un espejismo.



*De Joan Mateu. joan@cimat.es
Barcelona













*



La noche es ancha y honda
como el río.
La ejecución perfecta
de la brazada
sobre el agua
me acerca a la otra orilla.
El músculo en tensión
me pertenece.

Una vez, y otra más.
Y siempre otra.
Y no pensar en nada
más que en la herida simétrica
del cuerpo
al dividir las aguas.

Que la noche
estalle sobre el mundo.
Que los pájaros
huyan hacia el monte,
que las pequeñas bestias
se escondan en sus cuevas.

Yo nado a ciegas
entre el agua y la noche,
yo,
esta pequeña oscuridad
que busca orillas.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com












*


Somos hijos del caos: aunque tengamos voluntad, el orden jamás podrá pertenecernos. Hasta el arte con sus simetrías muestra los agujeros del mundo. O tal vez es el que más nos habla de los vacíos que se esconden en la perfección.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com








Inventren







Feria*


*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com



Poco antes de mediodía, Mariano bajó del tren.

Siguiendo una vieja costumbre, respiró profundamente. Después de un par de horas encerrado en el vagón, el aire del andén siempre le parecía delicioso, a pesar de la abundante contaminación existente en la Ciudad. Miró a ambos lados, como buscando a alguien, a sabiendas de que nadie podía estar esperándole pero aun así escudriñando todos los rostros, acaso con una secreta esperanza. Al entrar en la zona acristalada, se miró de reojo en un espejo, gesto mecánico que nunca lograba convencerle de que su apariencia era normal, de que no tenía pinta de pueblerino con su traje negro de catorce años atrás y su camisa blanca recién sacada del armario. Nunca pudo soportar la corbata, por lo que tampoco la usó en esta ocasión. Naturalmente, una vez que se vio en marcha, navegando sobre las vías a toda velocidad, le entraron los remordimientos y tuvo nostalgia de la corbata que nunca fue capaz de ponerse.

Pero ahora ya estaba en la ciudad. Como en años anteriores, un joven fornido, tocado con una gorra de visera, se ofreció a llevarle el equipaje. Como siempre, Mariano rehusó con timidez, recordando lo que le ocurrió la primera vez que vino a la Ciudad, cuando un joven muy parecido al que ahora le ofrecía su ayuda desapareció de repente con su maleta y un hatillo repleto de rosquillas que traía para invitar a los otros agricultores. En aquella ocasión, por suerte, Mariano llevaba el dinero encima, por lo que maleta y hatillo fueron encontrados por un anciano a dos manzanas de la estación y restituidos a su legítimo dueño.

Cuando salió de la estación, miró el cielo sin nubes, miró la calle, repleta de peatones y de automóviles que atravesaban raudos la avenida, miró la parada de taxis pensando acaso en tomar uno. Finalmente, con gesto decidido, echó a andar en dirección al hotel de todos los años, del que apenas le separaban cuatro o cinco manzanas. Unos pasos más allá, cuando cruzó el semáforo, ya no recordaba la desagradable impresión de sentirse extraño en la Ciudad, de saberse un aldeano de paso. En ese momento sintió la conocida transformación. De repente le parecía que en realidad había vivido allí siempre, que aquel era su auténtico hogar; aquellas plazas con fuentes y palomas, aquellas avenidas con olor a gasolina, aquellas calles llenas de sombra, aquellas esquinas tras las que podía ocurrir cualquier cosa, eran más suyas que los áridos campos en los que llevaba toda una vida trabajando. "Este año, este año quizá..." pensó. Mas ahuyentó con un encogimiento de hombros la idea que estaba formándose en su mente y aceleró el paso para llegar al hotel con tiempo suficiente para comer algo.

Luego, por la tarde, tras una brevísima siesta, visitó la Feria. Sin intención de comprar nada, apenas cumpliendo un ritual tan antiguo como inútil. Saludó fugazmente a algunos conocidos de años anteriores. Charló con agricultores venidos de otros pueblos, de otras regiones. Se interesó sin el menor interés por los pormenores del funcionamiento de alguna máquina, por el precio del abono, por las innovaciones técnicas. Anotó números de teléfono, aceptó tarjetas y sonrisas mecánicas de los vendedores, hizo acopio de folletos informativos, se aburrió en abundancia. Absurdos paseos entre expositores y corredores iluminados, tediosos minutos cuyo fin no parecía llegar nunca. Cuando estuvo bien seguro de que algunos paisanos le habían visto, se despidió con amabilidad del comerciante que en ese momento trataba de colocarle una buena partida de semillas y tomó el autobús en dirección al hotel.

Al entrar en la habitación consultó el reloj. Sin pérdida de tiempo, tomó una ducha, se afeitó, perfumó su piel y sus ropas y bajó a cenar, solo. Si bien en la aldea toleraba las conversaciones con sus convecinos, aquí en la Ciudad la sola idea de tener que compartir la misma mesa le resultaba insoportable, casi ridícula. Aquí, él era otro. O dicho de otro modo, era él mismo, no el sumiso Mariano que conocían los campesinos, no el callado Mariano que perdía irremediablemente en las partidas de cartas de la sobremesa en el café, no el comprensivo Mariano que aceptaba con humildad las variopintas excusas que su esposa enarbolaba noche tras noche para evitar las embestidas de su cuerpo ansioso. Aquí, sólo aquí, entre estas calles, podía volver a ser el muchacho de veinte años que fuera en otro tiempo, aquel que las almas mezquinas de sus vecinos mataron definitivamente en aquel largo verano que ya no podía borrarse.

Tras la cena, escasa pero sabrosa, salió a dar un paseo. Como en años anteriores, se encaminó al barrio de las prostitutas. Sin la menor vacilación entró en el bar de siempre, tomó asiento en una banqueta junto al mostrador, miró en torno, pidió una copa de anís y se dispuso a esperar. Algunas chicas se le acercaron y él las rechazó con suavidad. La mujer que le había servido el anís le lanzaba de vez en cuando fugaces miradas como tratando de recordarle de alguna otra ocasión, pero, por más que le miraba, no conseguía reconocerle. Sin embargo, una sensación de intranquilidad se iba abriendo paso en su interior. Una joven de unos treinta años, morena, hermosa, tomó asiento junto a Mariano y se puso a mirarle fijamente.

—¿No vas a invitarme a una copita? —preguntó al poco rato.

—Me gustaría mucho —respondió él— pero estoy esperando a una amiga.

—¿Es más guapa que yo? —dijo la chica fingiendo sentir celos.

—Las dos sois muy guapas, pero ella y yo somos amigos desde hace muchos años.

Algo pareció agitarse en los ojos de la chica, ensombreciéndolos, en el momento en que volvió a hablar.

—¿Quién es? ¿Cuál es su nombre?

—¿Qué más da?

—Dímelo, por favor —el ruego de la joven desconcertó a Mariano por la extraña intensidad de su voz, por el límpido brillo aparecido de pronto en sus ojos. La mujer de la barra también se había acercado con una expresión extraña en su mirada.

—Bueno, aquí le dicen "Visi".

Un repentino silencio se extendió entre ellos. Los ojos de la chica buscaban apoyo en la camarera, que tragaba saliva con dificultad y parecía tener algún problema para respirar. Otra de las chicas se había acercado lo suficiente para oír las últimas palabras y se había quedado allí, inmóvil, con los ojos fijos en el entarimado, apoyada sin fuerzas en la barra, amenazando caerse de un momento a otro. Finalmente, cuando ya Mariano empezaba a preguntarse que podía significar la extraña actitud de aquellas mujeres, fue la camarera la que habló, con un hilo de voz que poco a poco se iba rompiendo en sollozo, dijo:

—La "Visi" se mató hace un mes. Se enteró de que había cogido el SIDA y no quiso seguir aguantando. Se tiró a las vías... y el tren, el tren...

No pudo seguir hablando. Un llanto convulsivo e imparable se apoderó de ella.

Las otras también lloraban, aunque con menor desconsuelo. Mariano se quedó inmóvil, como ajeno a las palabras que sus oídos acababan de percibir. Callado e inerte, apoyado en la barra, no terminaba de admitir la realidad de lo escuchado. Su pensamiento se remontó en el tiempo, buscando en el pasado lo que el presente le estaba negando, acaso también como una ineficaz escapatoria a la tragedia sucedida.

Se recordó veinte años atrás, paseando del brazo de la "Visi" (Visitación Crespo, la hija de Marcelino, por aquel entonces) por las calles de su pueblo. Tan sólo eran dos adolescentes, caminando sin prisa bajo la atenta mirada de todas las personas respetables del lugar. Su relación (si podía llamarse de ese modo) consistía en esos largos paseos vespertinos a la vista de todo el pueblo, en las cortas y asfixiantes visitas a la casa de los Crespo los domingos por la tarde, en regalos tradicionales y no menos tradicionales conversaciones hábilmente dirigidas por la señora Ascensión, madre de la "Visi". Pero ya en aquel tiempo borroso, Mariano estaba enamorado de la chica.

Mientras él se pasaba las noches suspirando y soñando con el día en que pudiese tener por fin a Visitación entre sus brazos, Ramón, otro de los mozos de su quinta, fue menos sutil y una noche, durante las fiestas patronales, aprovechando la oscuridad y los efluvios del alcohol y la música, se la llevó al descampado donde la luz de la luna y las falsas promesas deslumbraron a la doncella, que de este modo dejó de serlo, con tan mala suerte que algunos vecinos que paseaban cerca del lugar, por casualidad, no pudieron evitar ver el deshonroso lance.

Los padres de Visitación la repudiaron, las gentes de bien le negaron a partir de entonces el saludo. Ramón, por supuesto, evadió cualquier responsabilidad y escurrió el bulto alegando que la chica no era virgen y él no iba a cargar con ella por un pequeño desliz. En efecto, la chica ya no era virgen, pero nadie le dio la oportunidad de explicar que lo había sido hasta esa noche, lo cual, por otro lado, había dejado de tener la menor importancia. Hasta Mariano, dolido en su amor propio, se apartó de ella, abandonándola a su desdicha.

El pueblo entero se había vuelto de espaldas y Visitación, llena de una inmensa amargura, hubo de marcharse a la Ciudad, sin más equipaje que algunas prendas de vestir y un billete de tren que su padre se apresuró a comprar para perderla de vista lo antes posible. Aquel día, Mariano fue a la estación con intención de despedirse de ella, de ofrecerle su perdón, de rogarle que se quedase, pero nada de eso ocurrió. Mariano, vencido por la timidez o el orgullo herido, acobardado por causas que aún desconocía, permaneció escondido tras unos setos y sólo pudo contemplar, impotente, como la única mujer que había significado algo en su vida se marchaba para siempre a la Ciudad, que por entonces era casi lo mismo que decir al extranjero.

La vida en el pueblo no sufrió cambios significativos. El Paseo había perdido a dos de sus más fieles adeptos. En la mesa de los Crespo había un cubierto de menos. Eso fue todo. Eso y la desesperación de Mariano, que no podía soportar la idea de vivir sin amor. Al principio, incluso pensó en fugarse, en fatigar los caminos y las aldeas en busca de su amada, pero la ignorancia respecto al posible paradero de Visitación logró disuadirle por completo. También soñó inmisericordes venganzas contra Ramón, venganzas que hubo de posponer una y otra vez, debido principalmente a la diferencia de peso y tamaño entre él y su rival.

El tiempo fue pasando y las heridas fueron dejando paso, según suele ocurrir, a las feas cicatrices. Mariano, resignado, se dejó querer por Charito, la hija del alcalde. Con bastante alboroto, se celebró la boda un domingo por la mañana. A partir de entonces, Mariano se refugió en el trabajo. Las enseñanzas de su padre y las fértiles tierras que el alcalde había aportado como dote le convirtieron en uno de los mejores y más respetados agricultores de la zona. Su afán de mejorar fue lo que, un día cualquiera, le llevó a plantearse la necesidad de viajar a la ciudad para visitar la Feria, como hacían otros. A pesar de la inicial oposición de su esposa, cuyo instinto le decía que ese viaje era peligroso, logró convencerla de que no había otro modo de modernizar los aperos y herramientas para poder seguir ofreciendo los mejores productos.

Mientras apuraba el tercer anís, Mariano salió un momento de su ensoñación. La chica morena seguía sentada junto a él, sin turbar su silencio, sólo acompañándole, como una muestra de solidaridad y de duelo. Su mano suave de largas uñas se posó sobre la de él, en un gesto de ternura. A pesar de la aparente impasibilidad del rostro, era evidente que el hombre sufría y que nada, en ese momento terrible, podría mitigar su pena, pero aquella mano que descansaba sobre la suya era como un asidero, algo a lo que aferrarse en los peores momentos. No se trataba de la mano lasciva de la puta Andrea tratando de seducir por el simple contacto o la caricia experta. En esa hora dolorosa no era más que la mano amiga de Andrea, la mujer, que intentaba rescatar de las tinieblas a un hombre al que ni siquiera conocía. Esa noche, sin proponérselo, sin siquiera sospecharlo, Andrea fue Ana, la joven indigente que le salvó la vida a Thomas de Quincey; fue, como tantas otras, un símbolo, pero allí no había ningún intérprete de símbolos, por lo que Andrea, para el mundo, siguió siendo nada más que una prostituta, linda y voluptuosa.

El descubrimiento de la Ciudad cambió algo en el interior de Mariano. La sola visión de los edificios, de las luces, de la gente que llenaba las calles, los almacenes, los modernos bares, le produjo un cálido sentimiento de familiaridad, como si finalmente hubiese llegado al sitio que durante años había estado buscando sin saberlo. El aire olía a gasolina quemada, a plástico, a humanidad, pero permitía respirar la libertad. Fue como si jamás hubiese estado en otro sitio, como si los surcos y las semillas y el sueño inquieto que presagia una aplazada tormenta no fuesen sino el recuerdo de un cuento oído tiempo atrás y ya casi olvidado.

Aquella primera vez, el tiempo corría vertiginoso. La Feria estaba muy bien, había muchas máquinas que podrían ahorrar trabajo y hasta peones, infinidad de artículos que jamás hubiera podido soñar, pero el hábil agricultor había dejado paso al explorador ávido y la estancia de Mariano en la Feria fue más bien breve (más tarde, en el tren, durante el viaje de vuelta, tuvo que estudiar a fondo los folletos para poder explicarle a Charito las cosas que teóricamente había estado viendo durante todo el fin de semana).

Durante la mayor parte del sábado se dedicó a recorrer el centro. Visitó grandes almacenes repletos de ropa, objetos de cocina, artículos deportivos, electrodomésticos y un sinfín de aparatos de dudosa utilidad. Pero no había tiempo para preguntar a los vendedores por sus funciones. La Ciudad era enorme, infinita, y sólo disponía de otro día más. Recorría las calles aspirando el inconfundible aroma, sólo perceptible por quienes vienen del campo. Se adentró en callejuelas estrechas y en zaguanes oscuros. Vagó sin dirección y sin memoria por las interminables avenidas atestadas de gente, de vehículos, de ruido. Se perdió entre setos y glorietas. Se dejó arrastrar por algo que podía ser una intuición innata. De ese modo llegó, insólitamente, frente a la puerta del hotel en que se había hospedado. Pero su ansia urbana no había quedado satisfecha, así que, después de cenar con algunos convecinos que también se alojaban allí, alegó un pretexto banal o increíble y volvió a salir al frescor de las calles y al bullicio de los bares que aún permanecían abiertos.

¿Cómo no evocar, en ese momento en que ya el alcohol empezaba a adueñarse de sus recuerdos, el instante preciso en que divisó a la mujer y creyó reconocerla? Su mano se cerró con fuerza sobre la de Andrea, que permanecía allí, junto a Mariano, silenciosa y ajena al ajetreo del bar y a las solicitudes de los clientes.

Un camarero le había dado unas indicaciones. Mariano tomó por la avenida, cruzó tres calles y una plaza, giró a la izquierda, siguió durante unos cien metros y se introdujo por otra calle lateral, algo más estrecha. Al llegar a una pared que tapiaba el fondo de la calleja, supo que se había equivocado. Volvió sobre sus pasos. Al desembocar de nuevo en la avenida, la vio. Incrédulo, la siguió durante un rato. Finalmente la alcanzó, la tomó de los hombros y se quedó mirándola en los ojos, sin una sola palabra. Para un espectador casual, la seriedad que reflejaba su rostro hubiese contrastado, casi brutalmente, con la franca sonrisa que nació en los labios de la mujer, que se abrazó a él entre agudas exclamaciones y ruidosas carcajadas.

Habían pasado siete años y Visitación estaba mucho más hermosa. Un fondo de tristeza en sus ojos la embellecía aún más si cabe. Allí detenidos bajo el influjo de las luces eléctricas, en medio de la avenida, ruidosa a pesar de la tardía hora, dejaron deslizarse los segundos sin hablar. Sus miradas decían más de lo que hubieran podido decir sus palabras. Pero la gente pasaba junto a ellos contemplándoles con curiosidad. Alguien rompió el silencio y comenzaron a caminar entrelazados. Tomaron asiento en una terraza, consumieron algún licor y charlaron. De pronto, la mujer miró el reloj y respingó involuntariamente. "Debo ir a trabajar" musitó.

El cambio de expresión en su rostro no pasó desapercibido para Mariano. "¿A trabajar? ¿A estas horas?" preguntó él, asombrado. Ella esgrimió evasivas, pero al final, ante la insistencia del hombre, no le quedó otro remedio que confesar la verdad: Servía copas y alternaba con los clientes en un bar de dudosa reputación. No pudo evitar que Mariano la acompañase hasta la puerta del local, donde se despidieron con un beso, no sin intercambiar teléfonos y fijar una cita para el día siguiente.

Pero ése fue un ritual inútil, aunque ella en ese momento no hubiera alcanzado a sospecharlo. Una hora más tarde, Mariano entraba por la puerta del Club. Con aplomo, tomó asiento en la barra, solicitó una copa y buscó a su amiga con la mirada. Sólo unos minutos más tarde se dio cuenta de que todo podía haber sido un engaño. Quizá ella le había conducido a otro lugar sospechando lo que planeaba. Quizá a estas horas se encontraba en el otro extremo de la ciudad. Apuró su copa y pidió otra. Al menos el anís era bueno.

En ese momento, al levantar la vista buscando a la camarera, vio a Visitación. Bajaba por una escalera, de la mano de un hombre que casi le doblaba la edad. Sonreía, pero de una forma muy diferente a como le había sonreído a él un rato antes. Al verle allí sentado, palideció. Se despidió de su acompañante con un beso mecánico y se acercó a Mariano con un destello de furor en la mirada.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Sólo quiero estar contigo —respondió él humildemente.

—Deberías irte. Aquí no hay nada bueno para ti.

—Estás tú. Quiero pasar la noche contigo. Llevo muchos años esperando esto. Si ha de ser de este modo, así sea. Te quiero demasiado para que me importe.

Increíblemente, a ella tampoco le importó. Habló un momento con una compañera algo mayor, volvió junto a Mariano, bebió de su copa mirándole a los ojos y dijo: "Llévame a tu hotel".

Los detalles de ese primer encuentro carecen de importancia. Baste decir que a ella le pareció que ésa había sido su primera vez y que Mariano conoció esa noche el amor físico. (Con su inevitable mezcla de temor, deseo y algo de desesperación. Nada que ver con los fugaces y anodinos encuentros con Charito).

Mariano regresó, no podía ser de otro modo, a su pueblo, a las cosechas, al café, al velado cariño conyugal, a la vida insulsa del invierno en la aldea. Pero ahora tenía algo: Una isla habitable en medio del mar de mediocridad y desconsuelo. Una feria que se celebraba anualmente y que le daba la oportunidad de vivir, siquiera por unas horas, la vida que realmente hubiera deseado. Desde entonces, sus visitas a la capital se repitieron cada doce meses. Durante esos dos o tres días que permanecía allí, Visitación guardaba fiesta y le acompañaba a todas partes. Después, volvía la rutina y el ciclo de la espera recomenzaba.

A causa de algunos cambios bastante evidentes en su marido, Charito supo lo que ocurría desde el primer momento, pero algunas amigas le aconsejaron que hiciera la vista gorda. Al parecer, las escapadas de los agricultores a la Ciudad eran comunes y, según algunas que se las daban de modernas, necesarias para preservar la paz en el matrimonio. Así pues, ignorante de la identidad de la amante de su marido, Charito se encogió de hombros y toleró, como tantas otras, con idéntica resignación, los viajes de Mariano.

También la "Visi", según el testimonio de sus compañeras, sufrió una transformación importante. Seguía siendo la amiga alegre, pero ahora, además, había en sus ojos un fulgor nuevo. Se la veía ilusionada, feliz. Dos días al año no son gran cosa, es cierto, pero son mucho más que nada. Un pequeño remanso donde tomar fuerzas para seguir nadando río arriba, tal vez hacia ninguna parte, pero nadando a pesar de todo, con ayuda del recuerdo de la última Feria y la esperanza de la próxima.

Durante catorce años la vida fue eso, un antes y un después del fin de semana mágico que cada otoño les tenía reservado. En muchas ocasiones Mariano propuso alargar hasta el infinito esas horas, quedarse allí, junto a ella, compartiendo su vida, pero siempre los labios de la "Visi" tapaban los suyos en un cálido beso y no volvía a hablarse del asunto. La ciudad era el escenario perfecto. Nunca dejaron de sentir que, en el fondo, el sórdido incidente del pasado era lo que había propiciado su encuentro lejos de las calles del pueblo. No era posible evitar el sentimiento compartido de que las cosas jamás hubiesen podido ser iguales entre las viejas casas de la aldea, bajo los ojos vigilantes y acusadores de los vecinos. La felicidad se hallaba bajo las circunstancias más extrañas.

Y ahora, la "Visi" se había marchado. Por segunda vez se le había ido sin que él pudiera esbozar siquiera una breve despedida. Y lo peor era esa obstinada voz que, por encima de los efluvios del anís, le repetía que esta vez era para siempre, que esta vez no iba a tener la suerte de encontrársela al filo de los años en las calles de la Ciudad.

Se percató de que Andrea estaba hablándole en voz baja. Supo que las palabras no eran tan importantes como el hecho de que alguien estuviese pronunciándolas. Notó que lloraba y no trató de evitarlo ni de ocultarlo. Dejó que las lágrimas corriesen por su rostro mientras el dolor de la pérdida roía su corazón.

Pagó las copas y se dispuso a marcharse. Andrea, sin que nadie lo pidiese, le acompañó. Caminaron por las estrechas callejas donde la noche, dicen, es peligrosa; sintieron el aire fresco demorándose en sus rostros, tal vez charlaron.

Esa noche, en brazos de Andrea, Mariano consiguió olvidar el dolor, siquiera durante brevísimos momentos. El alcohol y los besos de la chica le transportaron a otras noches y a otros besos. Volvió a sentir la vida bullendo en su interior, el calor y el frenesí de la Ciudad nocturna, la expectación ante cada umbral por trasponer, el fuego de la carne. Se juró que jamás regresaría a las noches vacías de la aldea, a la intolerable madrugada, a la siembra, a las insulsas partidas de cartas, al lecho frío.

Al día siguiente, al despertar, la habitación estaba desierta. A su lado, entre las sábanas, no había nadie. Mariano comprendió, suspiró, se levantó, se duchó, hizo la maleta, bajó a desayunar, pagó la cuenta, caminó hasta la estación, sacó un billete y tomó el tren. Mientras los campos pasaban vertiginosos al otro lado del cristal, con un gesto seco enjugó su última lágrima. Sus tierras le esperaban. Habría otros años y otras ferias. La vida, inconcebiblemente, seguía.

Pero he aquí que en ese instante de suprema renuncia, Mariano recuerda un detalle que había permanecido agazapado en su mente. En su mano, de repente, surge un sobre cerrado. Es una carta que la "Visi" dejó para él. Rasga el sobre, extrae el papel doblado y lee. Su rostro va adquiriendo una expresión diferente. La resignación desaparece, una creciente calma va ganando el pecho del viajero, una vaga sonrisa surca de pronto su cara campesina.

Ignoramos el texto de la carta. Sólo sabemos que Mariano, después de doblarla cuidadosamente y depositar en ella un tierno beso, la guarda en su bolsillo, mira por la ventanilla, se incorpora, no se toma siquiera la molestia de recoger su equipaje y se apea en la primera estación.

Más tarde tomará otro tren que le devuelva a la ciudad, a la que ahora, definitivamente, pertenece.





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PLOMER   
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–Por Ferrocarril Provincial-


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El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Provincial:

JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

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El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Midland:

KM. 55.    ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.   
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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